“Si, la verdad, tendría que haberme hecho ese análisis médico hace tiempo, pero al final se me fue pasando…siempre con algo más urgente, y ahora el problema se agravó”.

 

Por suerte puede contarlo. Pero, muchas veces, cuando alguien  posterga indefinidamente sus decisiones, simplemente pasa la oportunidad, y se termina enfrentando a una situación más grave, y a veces irreversible.

Esa actitud de postergar lo que hay que hacer sin una razón aparente, se llama “procrastinación”, palabra difícil para denominar a una conducta muy difundida,  de efectos devastadores en los emprendimientos personales y en las empresas de familia.

La procrastinación es una conducta arraigada en muchas personas, que se agudiza en los tiempos de incertidumbre, ya que la sensación de falta de certeza respecto de cómo se van a desarrollar los acontecimientos, facilita una excusa adicional para no decidir, y para no realizar.

Algo que me llama la atención  es que en la expresión de la excusa procrastinadora suele aparecer  la palabra “dejar”.

  • “Dejáme que me organice”

En realidad, ese “dejar” (en el sentido de permitir) no aporta nada: el que no se organiza no es víctima de otro que no le permite organizarse, sino de sí mismo.

  • “Vamos a dejar que pase este año”

Parecería que, en este caso, el verdadero sentido de “dejar” es “abandonar” (como cuando alguien dice “mi novio me dejó”). Porque no está en nosotros “permitir” que pase este año, dado que el año va a pasar igual (lo dejemos o no).

Por lo tanto, el que procrastina está proclamando que va a abandonar la oportunidad de encarar una situación determinada en lo que resta del año.

La procrastinación es una conducta que padecemos, o presenciamos, desde la infancia: tareas para el hogar que quedan indefinidamente postergadas, exámenes que no se preparan a tiempo, lamentos por no haber estudiado lo suficiente…

Existe una conducta especialmente procrastinadora en lo que se denomina el “síndrome de la última materia”, el caso de aquellos estudiantes a los que siempre les falta una asignatura para recibirse, y no llegan nunca a cambiar su situación en la vida: siguen siendo estudiantes crónicos, en lugar de profesionales noveles.

Es llamativo que la palabra “procrastinación” no sea habitual en nuestro lenguaje. Se podrá alegar que es una palabra difícil, pero, seguramente, no es más difícil que desindexación, o que otorrinolaringólogo, y, sin embargo, es menos pronunciada, y, lo que es más significativo, menos conocida que aquellas otras palabras díficiles.

La procrastinación es un hábito negativo, que no es debidamente comprendido y combatido. Probablemente, se aplica el dicho “mal de muchos, consuelo de tontos”….porque la procrastinación es un hábito compartido por muchos

 

¿Cómo evitamos la procrastinación?

 

En primer lugar, es necesario detectar la presencia de la angustia, porque ella es uno de los factores que hace que se eviten los cambios, las decisiones, los actos verdaderos. Tomar una decisión o tener que implementarla puede ser un problema por la angustia que  conlleva.

En segundo término, y ya dentro del campo de la Planificación, es necesario fijarse metas, entendidas como el objetivo con fecha de cumplimiento, y realizar un cuadro del avance esperado de la tarea, para poder hacer revisiones periódicas.

Esto no es demasiado difícil en el caso de una persona que cuenta con un superior, que será el encargado de controlar el avance del proceso.
En cambio, cuando el procrastinador es el superior de una organización, la situación es más compleja, porque no suele aceptar que nadie lo controle, o lo inste a ejecutar aquellas cuestiones que quedaron detenidas. En esos casos, resulta muy útil que, quien observa la conducta procrastinadora y desea ayudar a superarla, llegue a un pacto con quien padece esta problemática, para que éste acepte y valore la ayuda, entendiendo que es en su propio beneficio.

En mi experiencia, la postergación indefinida de un proceso de diálogo entre los integrantes de la familia empresaria, y estructuración consciente de la organización con vistas al futuro, es uno de los espacios en los que más se verifican las conductas procrastinadoras, en una búsqueda de un momento exacto, de un escenario perfecto, para iniciar ese diálogo necesario, que, generalmente, lleva a que los problemas exploten en las manos.

La manera alternativa de enfrentar esta tendencia procrastinadora es entender que, en general, lo ideal es enemigo de lo bueno.

Esto implica superar el orgullo de decir: “esto está a mi cargo y nadie debe entrometerse”, o “yo manejo los tiempos”, para aceptar que, en realidad, está frente a un problema, y la intervención de otra persona puede ser la clave para poder superarlo.

En ese ejercicio, será necesario que quien padece de la procrastinación acepte que, en muchos casos, la ayuda es interesada: porque nadie mejor que quienes en algún sentido van a beneficiarse de ese proyecto postergado, para ayudar a que se convierta en realidad.